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Blog Vivanco: #CulturaDeVino
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Cultura

El papel de las ánforas romanas, griegas, fenicias… en el transporte del vino

anfora barro vivanco

Muchos de los aspectos que han ido configurado la manera en la que hoy en día entendemos y concebimos el mundo del vino, como sucede en muchos otros ámbitos de la vida actual, han sido definidos por factores prácticamente casuales. A lo largo de la historia de más de 8 000 años que compartimos el ser humano y el vino, la necesidad de dar solución a diferentes cuestiones técnicas y de logística durante los procesos de elaboración, conservación, transporte, comercio y consumo del vino han condicionado la manera en la que hoy nos relacionamos con él. La evolución histórica de todos estos aspectos ha propiciado, incluso, el hecho de que identifiquemos como positivas ciertas características en un vino: su edad y crianza, su color, un determinado aroma o sabor, etc.

En este sentido, hoy queremos hacer una revisión de la figura de las ánforas en diversos períodos de la antigüedad. Un pequeño acercamiento para conocer la manera en la que culturas como la griega, la romana o la fenicia utilizaban estos recipientes para conservar y transportar el vino. Un papel que fue clave en la evolución de la forma de elaborar y consumir vino en aquellas etapas de la historia y, sobre todo, en la expansión del comercio del vino por todo el Mediterráneo. Una influencia que aún podemos detectar en la percepción actual que tenemos del vino.

Las ánforas en la historia del vino

Las primeras noticias del uso de ánforas para el almacenamiento de alimentos y otros productos nos remiten a fechas de alrededor del siglo XV a.C. Diversos hallazgos arqueológicos cerca de las actuales costas de Siria y el Líbano sugieren que las ánforas ya eran utilizadas por aquel entonces como utensilios para la conservación y para el transporte. Otras culturas, como la fenicia o la egipcia, empleaban también ánforas de barro cocido, metal y otros materiales para guardar diferentes alimentos y productos, tanto sólidos como líquidos.

Pero sin duda alguna, las culturas que emplearon las ánforas de manera más extensiva como forma estándar para el transporte de alimentos, y en particular para la conservación y el comercio del vino, fueron la de las antiguas Grecia y Roma. El dominio de estas civilizaciones sobre el Mediterráneo y sus innovaciones técnicas les permitieron crear y extender diferentes redes comerciales que alcanzaban toda la cuenca de este mar. Así, el uso de ánforas fue la forma más empleada para el transporte de bienes por vía marítima durante cerca de dos milenios, desde la Antigüedad hasta el siglo VII d.C. aproximadamente.

anfora romana

El papel de las ánforas para la conservación del vino

Los pueblos egeos de la isla de Creta fueron los primeros en emplear las ánforas para almacenar y transportar alimentos de forma regular. Posteriormente griegos y romanos adoptaron esta solución y la estandarizaron para el transporte de mercancías por mar. Así, se empleaban para el comercio de pescado, frutos como las aceitunas o las uvas, cereales o alimentos líquidos como el aceite de oliva y, por supuesto, el vino.

En cuanto a la conservación del vino, el uso de las ánforas y su optimización supusieron una auténtica revolución. Las ánforas eran elaboradas a partir de barro cocido formado por diferentes tipos de arcilla, según el lugar de fabricación. Cuando se usaban para guardar vino, se les daba un tratamiento a base de pez, un tipo de colofina procedente de la resina del pino y otras coníferas, que permitía impermeabilizar las ánforas y que el líquido no se filtrara a través del material poroso. Esta materia resinosa se empleaba también para tratar las tapas y tapones con las que se cerraban las ánforas. También se utilizaban ceras, aceites y otras sustancias para sellar casi herméticamente estos cierres.

Gracias a este avance técnico, que minimizaba la entrada de aire en los recipientes de guarda, los vinos podían conservarse ahora durante años. Anteriormente la mayoría de las civilizaciones mediterráneas solo acostumbraban a consumir vinos jóvenes, que conservaban en recipientes de piel, madera o metal y que no quedaban completamente cerrados. Esto favorecía la oxigenación excesiva del vino, su enranciamiento y su transformación en vinagre.

A partir de la utilización de las ánforas, griegos y romanos comenzaron a disfrutar de vinos viejos y desarrollaron un gusto especial por ellos. Los romanos, en particular, consideraban que estos vinos eran más fuertes e intensos y que su sabor era más interesante que el de los jóvenes. Así preferían los vinos con una guarda en ánforas de barro superior a los cuatro años. Algunos de los vinos más cotizados de la época, como el falerno o el sorrentino, podían superar los 25 años de crianza dentro de estos recipientes.

anforas conjunto

La trascendencia de las ánforas para el transporte del vino

A partir del hecho de que las ánforas permitieran la conservación del vino, su crianza y su evolución, se derivó también la posibilidad de transportarlo a distancias mucho más largas. Así, las grandes rutas comerciales del Mediterráneo establecidas primero por los griegos y después por los romanos, fueron empleadas también para el comercio del vino. Tan intensa fue la circulación de ánforas por el Mediterráneo durante estos siglos, que cada cultura tenía sus propios estándares: las ánforas griegas tenían una capacidad de unos 26 litros de agua; las romanas, de 32 litros aproximadamente; en Egipto, la medida del ánfora era de 27 litros; en Babilonia de 30 litros; etc.

Posiblemente fueron los romanos quienes más perfeccionaron el ánfora como recipiente para el transporte del vino. Durante siglos comerciaron con el preciado líquido y los transportaron por mar a los rincones más remotos, dentro y fuera del Imperio. Las ánforas podían presentar diferentes medidas, desde los treinta centímetros de las ánforas más pequeñas, hasta el metro y medio de las más grandes. Sin embargo, el tamaño del  ánfora romana más estandarizado para el transporte de vino tenía una capacidad exacta de 39 litros. 

En cuanto a la forma del recipiente, esta tampoco era casual, sino que estaba perfectamente diseñada para favorecer el transporte por barco. Comenzando por las dos asas que dan origen al nombre del recipiente (ánfora: del griego /ámphoreus/ «portar por ambos lados») y que permitían asirlas para moverla entre una o dos personas, o sujetarlas con cuerdas y otros útiles a bordo de las naves. Las ánforas romanas, además, evolucionaron desde la forma más ancha y regular de las griegas, hacia una morfología más estilizada, presentando cuellos mucho más estrechos para evitar derramamientos y la entrada de aire. Por su parte, las bases de las ánforas romanas también servían a una doble utilidad específica que favorecía el transporte: por un lado, la forma era similar a la de una cúpula invertida, lo que dotaba a las ánforas de una especial resistencia a las fuerzas y presiones que debían experimentar durante las travesías; por otro, el final puntiagudo permitía que las ánforas fueran clavadas en la arena de las playas, pudiendo ser colocadas en disposición vertical antes de subirlas a los barcos o durante las posteriores descargas. Durante el viaje, eran colocadas en el interior de las bodegas de los barcos sobre unos soportes específicos que permitían su transporte en vertical.

Otro de los aspectos característicos del mundo del vino que tuvo lugar con la proliferación de las ánforas y de su comercio por el Mediterráneo fue lo que podríamos considerar como el precursor del sistema de etiquetado que presentan las botellas de vino en la actualidad. Y es que en aquella época, cada ánfora romana viajaba con un sello que identificaba a su propietario, el lugar y año de producción del vino, el tipo de vino o el lugar al que debían ser enviadas.

anforas-vivanco-detalle

Como hemos visto, muchos de los aspectos que hoy en día valoramos o tenemos en cuenta a la hora de disfrutar un vino tuvieron su origen en el uso de las ánforas para su conservación y transporte. Después estas serían sustituidas por los barriles de madera, que también hicieron su importantísima aportación a nuestra forma producir y consumir vino, y finalmente por las botellas de vidrio que aún seguimos empleando en la actualidad. Para entender esta evolución en la relación del hombre y el vino a lo largo del transcurso de la historia, nada mejor que visitar el Museo Vivanco de la Cultura del Vino, donde entre otras muchas cosas, podremos contemplar una magnífica colección de ánforas procedentes de diferentes períodos y lugares de la Antigüedad.

 

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