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Blog Vivanco: #CulturaDeVino
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Cultura

¡Brindo por la justicia generalizada!

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¡Brindo por la justicia generalizada!

Antonio Gamoneda, a sorbos

Por Lali Ortega Cerón

Si mi obra ayuda a vivir a mis lectores, ya me siento muy recompensado

El día ha amanecido frío en León. Apenas unas horas antes, Don Antonio Gamoneda ultimaba, envuelto en noche, algunas notas de sus escritos. Observar los poemas autógrafos del Premio Cervantes 2006 es aventurarse entre una suerte de jeroglíficos angulosos que permiten adivinar la excepcionalidad de uno de los poetas vivos más importantes de la última mitad del siglo XX. No en vano, este autor de 2 libros de narrativa, 12 de ensayo sobre arte y literatura, 5 audio o audiovisuales, 4 obras con compositores musicales y 45 libros poéticos, es Doctor Honoris Causa por 5 Universidades; Prix Européen de Littérature o Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, ambos otorgados también en 2006.

La edad mantiene activo a este escritor incansable, al que la desidia le deprime. ¡De momento no me va a tocar a mí, declara con ímpetu! Su voz es grave. Agradable. Naturalmente amable. Su sonrisa se adivina entre la cadencia melodiosa de sus frases, entre la musicalidad de un discurso atemperado y sincero en el que la ausencia de crispación, y rencor, se agradece en los tiempos que corren.

El ventanal del despacho de Don Antonio Gamoneda linda con un patio con algunos arbolillos “que consuelan mucho al verlos” y dos árboles hermosos: un poco común lauroceraso, de hoja perenne. Y un nogal. Le pregunto por su biblioteca, en la que supongo se encuentra el único libro que escribió su padre, Otra más alta vida, un poeta cercano al modernismo que falleció en 1932, cuando su hijo aún no había cumplido un año. Un huérfano marcado de por vida que, paradójicamente, aprendió a leer, a vivir, a escribir, con su padre entre las manos. “¡Ay la biblioteca! No es una maravilla, porque ordené los libros, pero repentinamente me dio un ataque de ciática.” Y se ríe… “Ahora están apilados, así que de ahí no se mueven.” Como yo, que trataría de evitar el ruido lejano de una segadora para no perturbar ni un solo matiz de esta conversación con Don Antonio Gamoneda: el escritor intenso que aún recuerda y que, si bien no tiene todas las respuestas, ofrece, entre sus pensamientos, un sereno abrigo ante lo inexplicable.

León, noviembre de 2018. ¿Qué le devuelve su mirada al exterior, al mundo?

Una gran inquietud. Un mundo vaciado, cómo lo podríamos denominar, de proyectos humanísticos y humanitarios. De unas conductas e ideologías que pueden ser las necesarias, pero que parece que no se ponen en marcha, sino todo lo contrario. Esa inquietud se crea ante mí y trato de decirme que el mundo está ciertamente en una actitud, en una disposición inquietante. Hay que confiar en que las generaciones jóvenes nos lo pongan un poco mejor.

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¿Y qué ve en su interior, a sus 87 años?

Muchos recuerdos. Un horizonte delante de mí, sin dramatismo alguno, que no puede ser un horizonte con grandes distancias; ni mucho tiempo; ni mucho espacio. Soy un hombre mayor y sobre todo veo que hay muchos aspectos de mi vocación y de mi necesidad creativa que no he podido hacer en la vida. Y claro, trato de recuperar tiempo, cosa que no siempre se logra con frutos. En fin, es así. Y naturalmente mi actitud ante eso es una aceptación que no me lleve a la pasividad, a desentenderme de la vida, de la mía propia y de la de los que me rodean (y si me apuras, al de todos los humanos). Ni de mi vocación, claro.

¿Qué sabor le ha dejado su paso por la vida a lo largo de casi un siglo?

Ese tránsito mío de tantos años ha sido duro, no sólo para mí, sino en cierta medida para la población planetaria histórica. Pero quiero pensar que de alguna manera, en general, estamos quizá un poco mejor, a pesar de la dureza. En el sentido de que nuestro entorno y nuestras perspectivas, en términos colectivos, son mejores que las que pudiera tener una persona de mi edad a principios del siglo pasado.

¿Qué me dice del tacto de una página en blanco?

El tacto, inseparable de la vista, me sugiere la necesidad de coger una pluma, para que esa página deje de estar en blanco.

Descripción de la mentira. ¿Cuándo las oye qué le inspiran, tanto las piadosas como las superlativas?

Efectivamente es una distinción interesante. Una piadosa a veces es incluso deseable, si va a evitar el sufrimiento de una persona. La mentira, que con esa excepción, nos sitúa ante un horizonte falso y no es necesario, ni recomendable, es rechazable. En el libro me refería a la gran mentira (se publicó en el año 1977) que durante más de 40 años atravesó España, poseída por una dictadura.

Su primer recuerdo del vino…

¡Ah, a ver, a ver. Pues sí! No es muy bueno (se ríe). Era un chiquillo de 8 ó 9 años. Me llevaron a una vendimia, en un pueblo cercano, y me dejaron bajo un toldo. La gente fue a trabajar. Estaba ahí, aburrido. Al lado había lo que en León se llama «pajoso», una vasija envuelta en paja (dejé una en Vivanco, una pequeñez), un producto tradicional en toda la tierra mesetaria de León, que se usa para mantener el vino fresco, clarete, en verano. Bueno, un chiquillo… y no sabía lo que hacía. Y empecé a beber (se ríe). ¡Y me puse malísimo!

Aprendió a leer y descubrir la causa musical en las palabras, con el único libro que escribió su padre: Otra más alta vida. Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer fue el segundo que cayó en sus manos. El tercero, Segunda Antolojía Poética de Juan Ramón Jiménez, uno de cuyos poemas leyó Antonio Gamoneda, por primera vez, en voz alta. Esos versos heredados fueron su cartilla en 1936. Tiempos de guerra, sin escuelas, lo que procuró a Antonio Gamoneda una primera dificultad y una lección con la que aprendió a vivir.

¿Si usted hubiese nacido en el siglo XXI?

No se hubieran dado las circunstancias, en general poco afortunadas, de quedarme huérfano al poco de nacer y de que se produjera la Guerra Civil. De que éramos ciertamente pobres. Todo el pequeño patrimonio de mi madre, tras el viaje de Asturias a León para curar su asma, se perdió con la guerra. Las escuelas estaban cerradas. Yo aprendí a leer en libro de mi padre. Esas circunstancias son irrepetibles. Si yo hubiera nacido en el año uno de este siglo… creo que con el mismo fondo temperamental, sería otra persona. Es algo imaginario, porque uno mismo no puede pensar en ser otro. ¿Cómo sería yo? Lo que le conteste sería fantasía. Ya hemos comentado que fueron años difíciles, duros, de sufrimiento, pero no puedo rechazar en mí aquellos años que me han hecho como soy. Sus circunstancias me han configurado.

Ahora tenemos todos los recursos y a veces no se aprovechan lo suficiente…

Es cierto, es cierto. Veo que la juventud, España en particular, no tiene muy buena situación, pero infinitamente mejor que yo, pobre de solemnidad con 15 ó 20 años. Nuestro aprovechamiento, quizá, en términos generales, no es muy afortunado. Nos dejamos invadir por la tecnología, por el consumismo, de una forma que creo que nos disminuye, que nos automatiza de alguna manera. Dejamos de ser lo que podríamos ser, con un instinto más fino, por la utilización de lo que ciertamente dice usted: tenemos todo. No digo que los avances tecnológicos sean malos, pero sí la servidumbre que proporciona tanta tecnología.

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¿Qué es lo que más le ha marcado como experiencia vital?

Lo dicho, la orfandad y la guerra. Quedamos desamparados en este inmenso desastre y ello produjo en mí una marca, una forma de estar en la vida. Desamparo y pobreza en los primeros años de mi vida. Es una huella que permanece.

¿Qué ha supuesto la ausencia de la figura paterna y un mundo femenino tan sólido a lo largo de tu vida, también como padre de tres hijas?

Ciertamente la relación de una madre viuda con un hijo único es muy especial, muy intensa, quizá demasiado. Mi madre, pienso que sin saber muy bien si era bueno para mi estado de ánimo, en el presente y el futuro, me hacía sentir la orfandad. Crecí con esa noción. Me puso en un orden que como escritor, siempre he dicho que mi escritura está concebida y desarrollada en la perspectiva de la muerte. Esta es la huella. Tampoco me imagino cómo hubiera sido la persona si no hubieran recaído aquellos terribles acontecimientos. Trato de estar conforme conmigo mismo en cuanto a asumir aquello y ponerlo en mí como una forma de conciencia positiva para mi presente, mi porvenir breve, y el de los que nos rodean.

¿Ha descubierto tras esta etapa vital el enigma, el sentido de la vida?

No, no, no. (Sonríe). No creo que lo haya descubierto nadie hasta ahora. Permanezco en esa perplejidad de no saber muy por qué estoy dentro de mí, aquí, precisamente ahora… No lo sé. ¿Qué va a ser de este mundo? Tampoco lo sé. Trato de tener una idea consoladora, de pensar que seguirá progresando ese lento mejoramiento de la circunstancia existencial.

A punto de cumplir 88 años, ¿Qué es para usted lo esencial?

Valoro para mí, para los que están en mi cercanía y en la lejanía, poder tener conciencia de que mi conducta es positiva, que de alguna manera es solidaria y me ayuda a permanecer en esta perplejidad que es la existencia. Una manera de comportarse. Y fíjese, deseo también la conciencia justa y la conciencia adecuada, dentro de estar perplejidad, en estas personas que están en la amplia existencia, también intergeneracional.

Premio Cervantes 2006, Premio Nacional de Poesía (1988) por su libro Edad, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana por el conjunto de su obra (2006), Premio Quijote de las Letras Españolas (2009). ¿Cómo fueron los inicios de Don Antonio Gamoneda?

Trabajaba en un banco desde muy jovencillo. Como cualquier otro poeta, con el deseo de tener para mí el tiempo y la circunstancia que me permitieran escribir y crecer. Parece que lo he conseguido. Tengo amigos, incluso muchos, pero he vivido ajeno a las pequeñeces de la circunstancia exterior de los escritores. Y estoy satisfecho de que haya sido así.

¿Y cuál fue el punto de inflexión como poeta y escritor?

Nunca pensé que yo fuera ni pequeño ni grande. Pero no tenía duda de que tenía que escribir. No he necesitado mucho de los reconocimientos públicos. No me disgustan (se ríe), tengo mi vanidad. Tengo mis intereses que se podrían llamar sociales, no desprecio nada de ellos. Pero sé que los reconocimientos, sean premios o lo que sea, no mejora la calidad de mi poesía, ni del resto de mi escritura. Los valoro, pero ni los he buscado, ni le han dado la vuelta a mi vida. Siempre he tenido la necesidad de escribir.

Si mira retrospectivamente el grueso de tu obra, ¿Cómo la valora? ¿Cómo reacciona?

Más incompleta de lo que debería ser. Está llena de agujeros, pero trato de aprender a conformarme. Parece que no queda otra.

¿Cómo se siente al empezar y acabar un libro?

En la poesía siento una sensación de liberación. Dar un paso, y que sea efectivamente de conveniencia para la escritura. Una atención fuerte que se mantiene el tiempo que sea, un día, o diez años. Y luego la liberación y el descanso… aunque posteriormente parece que no eran tan necesarios.

¿Cómo ha sido el proceso de indagar y recordar su vida para escribir sus memorias?

Un encuentro conmigo mismo, donde habitan más recuerdos de los que creía tener. En cuanto al muchacho que anda por esas memorias… al viejo que hay ahora, le resulta soportable. Hay una especie de juicio del escritor cuando tiene que evocar a sí mismo con la perspectiva de los años. El viejo señor juzga al joven que le antecede. Y eso está ahí.

¿Nos recomienda un título de Gamoneda?

Libro del frío.

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Uno de sus obras se titula Lápidas (1987). Hace unas semanas visité la Abadía de Westminster en Londres. En el transepto sur del templo se ubica el Rincón de los Poetas, con los memoriales de célebres escritores ingleses, no sólo del género de la poesía. William Shakespeare, Charles Dickens, Lord Byron, Mary Eleanor Bowes, Geoffrey Chaucer, Thomas Hardy, las hermanas Brontë (Anne, Charlotte y Emily), Lewis Carrol, T.S. Eliot… Pensé en cómo percibiría usted un enclave tan especial, en el incluso daba pudor pisar el suelo. Cada persona deja su impronta una vez se va. Mientras alguien le recuerda, perdura. Los escritores y artistas juegan con ventaja.

Es posible. Lo que ocurre es que tampoco hay que darle una importancia grandiosa a esa huella. Uno intenta hacer lo mejor posible su proyecto. Su huella… si efectivamente la obra tiene un valor para los lectores actuales y los futuros, si les ayuda a vivir, aunque sea sólo un poco, yo ya me siento muy recompensado. En cuanto a la Abadía, qué duda cabe, esa concentración de hombres ilustres, de lápidas evocadoras de tanta obra, es una experiencia emocionante y también muy hermosa.

Al hilo del gran compositor Haendel (nacionalizado inglés), también recordado en Westminster, ¿Cómo influye la música en su vida? ¿Su percepción es diferente cuándo hay letra?

La música en su estado original se encuentra antes que el pensamiento en la poesía. La rítmica lleva consigo el pronunciamiento de las palabras y las palabras arrastran consigo ideas. Pero el componente original se encuentra en la rítmica. No es un descubrimiento mío, Aristóteles lo decía en su Poética. Valoro muchísimo la música, en sí misma y en lo que tiene de medular para mi escritura poética. Aunque llevo cerca de 30 años muy sordo, con la tecnología –en esto tengo suerte porque cada vez lo hacen mejor– (se ríe). La música está en mí, aunque sólo sea en su aspecto rítmico. La música es grandiosa. Ahora, mientras trabajo, escucho un disco de música medieval, de los tiempos iniciales de la polifonía, del Gregoriano… He sido melómano y lo seguiré siendo durante toda mi vida.

El pasado 9 de noviembre de 2018 protagonizó la VI Jornada Nacional de Poesía y Vino Fundación Vivanco, ante un aforo completo, fieles lectores de su obra. ¿Cómo influye en usted este tipo de público, por su mirada y sus reacciones?

Lo menos académico posible, por lo que hay de flujo personal entre los que me oyen y yo mismo. Me siento muy bien cuando advierto esa atmósfera significativa de esa relación que va y viene. Trato de hablar de la manera más natural posible y obviando una exposición demasiado teórica. En general, nos llevamos muy bien.

¿Cómo le ha inspirado el vino durante su visita al Museo Vivanco de la Cultura del Vino?

El museo viene a confirmar de manera impresionante lo que podemos llamar Cultura del Vino. Datos e ideas del mundo que se mueve en torno al vino, desde los intereses puramente personales o sociales del cultivo y la elaboración, hasta esa finura en la cual se advierten esos matices. Incluso el estado de expectativa de una grata atención que el vino puede proporcionar, sin llegar a ningún exceso. ¡Nos calienta el espíritu!

¿Una copa de vino pendiente?

Vino de conversar, entendido como «compartir», con seres humanos que pueden ser en buena parte poetas que ya no están. Tengo mis grandes referencias y creo que alguno de ellos sí se tomaría la copa: San Juan de la Cruz, Lorca… y saltaría a América para tomar ese vino con César Vallejo. ¡Esos son los vasillos que me faltan!

Leí en una entrevista que sabía más de vino que de poesía. ¡Nos deja un listón elevadísimo!

No del todo. Todos tenemos que adivinar las cosas. Yo no tengo el conocimiento de un enólogo o un degustador especializado, ni mucho menos. Distingo calidades, procedencias, aspectos del vino, un poco de la vejez, los matices del Rioja, Ribera o un blanco chileno, las calidades que nos deja cuando hemos echado el trago y el vino permanece en nuestra sensibilidad. Bromeaba en el sentido de que en la poesía se adivina todo y no se sabe nada.

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